La crónica del fin de la democracia en México.

Por Ricardo Reyes.

El rugido ahogado del Zócalo

Ciudad de México, 6 de noviembre de 2025. El sol de noviembre se arrastra perezoso sobre el Zócalo, derramando un jugo de naranja sucia sobre las losas centenarias, agrietadas como venas de una bestia herida. El aire huele a asfalto recalentado, mezclado con el dulzor rancio de los elotes chamuscados en comales improvisados y el hedor metálico de la lluvia que nunca llega. No hay estruendo de altavoces ni el aleteo frenético de banderas morenas; solo el eco hueco de pasos arrastrados, como si la plaza misma contuviera la respiración. Un puñado de vendedores ambulantes desmonta sus carretillas con gestos mecánicos, el tintineo de las monedas perdidas en bolsillos raídos rompiendo el silencio. Turistas, con sus cámaras relucientes como ojos de insecto, posan frente a la Catedral, ajenos al pulso moribundo bajo sus pies. Pero el cambio palpita en el pecho de la ciudad: un silencio espeso, pegajoso, como el aliento de un moribundo antes de exhalar por última vez. Hace meses, estas mismas losas ardieron bajo las suelas de manifestantes furiosos, gritando «¡No al fraude!» hasta que la voz se les quebró en gargantas secas. Hoy, el murmullo se confina a las colas eternas de las tienditas, donde las señoras intercambian chismes en susurros: «¿Y ahora qué, carnal? ¿Nos tragamos el veneno o nos asfixiamos?». Es el fin de la democracia en México, no con el estallido de un trueno, sino con el gemido sordo de un corazón que deja de latir.

Todo se gestó como un maleficio lento, en febrero de 2025, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum, con su voz de terciopelo afilado, desveló la «Comisión para la Reforma Electoral» en una mañanera que olía a café quemado y promesas caducas. «Revitalizaremos la democracia», juró, con los ojos brillando como monedas falsas, prometiendo recortes a los plurinominales y una «participación ciudadana» que sonaba a himno de salvación. Era el ungüento para las cicatrices frescas de las elecciones de 2024, donde Morena devoró el 60% de los votos como un lobo en ayuno, engullendo el Congreso en un banquete de hegemonía absoluta. Pero el velo se rasgó pronto: la reforma era un lazo de seda alrededor del cuello del Instituto Nacional Electoral (INE), estrangulando su autonomía para convertir las urnas en un teatro de marionetas manejado desde el Palacio. Opositores, con las venas hinchadas de ira, lo clamaron desde los balcones del Senado: «¡Regresión autoritaria!», un eco espectral del priismo decrépito, donde el partido en el poder tejía las reglas con hilos de humo y amenazas veladas. En julio, el Senado, ese coliseo de trajes baratos y egos inflados, aprobó los recortes al INE bajo el pretexto de «eficiencia» y «austeridad» –palabras que apestaban a excusa barata–, pero en verdad cavando el foso para un control férreo sobre el conteo de votos, las campañas y hasta el último suspiro de disidencia.

Aún siento el calor abrasador de aquel 1 de junio, cuando la reforma judicial se consumó en un ritual pagano disfrazado de democracia. Las boletas, interminables como serpientes de papel, se amontonaban en las casillas improvisadas, obligando a millones a elegir jueces y magistrados de listas anónimas, nombres que se desvanecían como humo en la memoria colectiva. El expresidente Ernesto Zedillo, rompiendo su exilio voluntario en las sombras de la academia, lo escupió con veneno en una entrevista que cortó el aire como un cuchillo: «Es un simulacro controlado por el gobierno, influido por criminales». En la colonia Roma, bajo un cielo plomizo que amenazaba tormenta, vi a jóvenes universitarios –rostros angulosos, ojos enrojecidos por noches de insomnio y lágrimas contenidas– prender fuego a pilas de propaganda oficial. Las llamas danzaban voraces, lamiendo el cartón con lenguas naranjas, y el humo picaba en la garganta como ácido. «Esto no es democracia, es un puto circo de horrores», me escupió Ana, una estudiante de derecho de 22 años, con las manos temblorosas manchadas de hollín, el cabello revuelto pegado a la frente sudorosa. «Estamos eligiendo a nuestros propios verdugos, ¿entiendes? Mañana nos van a colgar con las mismas cuerdas que les dimos». Zedillo, en su furia desatada, remató el golpe: «Lo que han hecho López Obrador y sus cómplices en los últimos meses es realmente el final de la democracia mexicana». Y luego, en un susurro que heló la espina dorsal de la nación: «En México se murió la democracia. En México están haciendo un Estado policial».

No era hipérbole; era profecía cumplida en carne viva. La militarización, ese cáncer metastásico heredado del sexenio de AMLO, se enraizó más hondo: la Guardia Nacional, con sus botas pesadas pisoteando derechos, asumió el mando de funciones civiles sin un solo contrapeso, blindada por reformas que la envolvían en un caparazón de impunidad, lejos de las garras de la justicia civil. En octubre, Zedillo alzó la voz de nuevo, esta vez en las páginas amarillentas de El Mundo, pintando un fresco apocalíptico: un «Estado policial» donde la represión acechaba como un depredador en la niebla, el espionaje serpenteaba por cables invisibles y el control de medios ahogaba las verdades en un mar de mentiras, al estilo de la Venezuela que se pudre en su propio jugo. Mientras, en las columnas de Reforma, plumas afiladas como dagas –como la de Francisco Valenzuela– destripaban el proceso interno de Morena: «El fin de la democracia», un reparto de candidaturas dictado desde las catacumbas de Los Pinos, envuelto en el papel de terciopelo de «la elección más democrática del mundo». Sheinbaum, con su sonrisa de porcelana agrietada, replicaba en las mañaneras –esos aquelarres matutinos donde el micrófono cruje como huesos rotos– que todo era «consenso popular». Pero las encuestas, manipuladas como dados cargados, delataban la farsa: la oposición, hecha trizas y estrangulada por presupuestos raquíticos, jadeaba al 20%, un estertor en la penumbra.

Deambulo por el Palacio Nacional esa tarde de noviembre, el sol agonizante tiñendo de sangre las murallas de piedra viva. Un guardia, con chaleco antibalas que cruje como armadura oxidada y ojos hundidos en cuencas de sospecha perpetua, me detiene con un gesto seco: «Identificación, rápido». Su aliento huele a tabaco rancio y obediencia ciega, y el roce de su mano enguantada en mi hombro es un recordatorio helado: la vigilancia no es sombra; es garra. Este es el nuevo México, un laberinto de ojos invisibles y lenguas cortadas. En seminarios como el de Comecso en septiembre –salones polvorientos donde el zumbido de proyectores ahoga los debates–, académicos se estrujaban las sienes discutiendo si era «cambio de régimen» o solo un «declive democrático» lento como el goteo de una herida infectada. Pero las calles, con su pulso crudo, ya habían sentenciado. El Día Internacional de la Democracia, el 15 de septiembre, el PNUD montó foros sobre «desigualdad y desinformación» en auditorios semivacíos, donde las sillas crujían solitarias y el eco de las voces se perdía en techos altos como tumbas. Pocos vinieron; la fatiga cívica era un plomo en las piernas, un nudo en el estómago. «No nos rendimos, pero ¿pa’ qué chingados?», me soltó un activista de Coparmex en un café del Centro, el vapor del espresso subiendo como un fantasma entre nosotros, mientras lamía las migajas de las «propuestas de diálogo» de Sheinbaum –reducir legisladores para «bajar costos», un cebo oxidado en un anzuelo envenenado.

Hoy, a las 6:12 de la tarde, el sol se ahoga en un horizonte de smog espeso, como un pulmón colapsado. El Zócalo se desangra en la penumbra, y con él se extingue el último parpadeo de lo que fue: una ilusión frágil, tejida de sueños rotos. México, esa madre revolucionaria de venas de magma, despierta en un alba cenicienta: sin contrapesos que rechinen en protesta, sin urnas que susurren verdades independientes, sin jueces que no se arrodillen ante el altar del Ejecutivo. Zedillo lo clavó como un puñal en el último estertor: «Cuando la gente esté harta y pierdan de todas maneras las elecciones… quedan la policía y el ejército, el espionaje, la represión». No es el Armagedón con trompetas; es el desangramiento en reformas «progresistas» que apestan a traición, en silencios cómplices que rugen en el vacío, en un pueblo exhausto que aprende a masticar las cadenas invisibles como pan duro. Mañana, tal vez, un puñado encienda velas en el Ángel de la Independencia, sus llamas titilantes como ojos de rebeldes dormidos. O tal vez no. El silencio, ese verdugo sin rostro, ya ha afilado su guadaña. Y la ciudad, con el corazón latiendo aún en secreto, espera el próximo latido… o el último.

Entradas relacionadas

Deja tu comentario